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martes, 11 de septiembre de 2012

¿Condenados a penar?

“La prisión no es hija de las leyes ni de los códigos, ni del aparato judicial.” 
 Michael Foucalt

Las cárceles son de esos lugares a los que nadie desea entrar para quedarse. El simple hecho de imaginarse la vida a través de barrotes provoca escalofríos. Pero, ¿Estamos exentos a caer en prisión? ¡No! La cárcel ha sido diseñada para encerrar a personas, ciudadanos que cometieron un error, uno que para su suerte estaba tipificado y se llamaba “delito”.

Los instrumentos de Derechos Humanos  estipulan que   la pena privativa de libertad debe ser descontada sin denigrar la humanidad del privado de libertad. Pero, en la práctica se descuenta la condena en un contexto de discriminación, exclusión y rechazo social. Se le limita más que su libertad, se le limita su derecho a ser una persona. Los Derechos Humanos del privado de libertad se disminuyen, hasta casi desaparecer, con la sentencia condenatoria.
La cárcel tiene una función deteriorante. Nunca resocializadora. Trata de acabar con el recluso. Terminar con la poca humanidad que aún le queda. El  privado de libertad no tiene garantías, no existen para él los Derechos Humanos. Las cárceles se configuran como un depósito de  los enemigos. Tiene la función de eliminarlos, al menos visualmente. La cárcel es el cementerio de los “pecados” humanos.

Las prisiones no sólo privan de libertad. Restringen la vida. Endurecen a las personas y las alejan de un futuro en la sociedad. El sistema penitenciario no sólo condena a cumplir un número de años en prisión, condena a penar, a sufrir, a dejar de existir.
Si bien es cierto se ha hecho un esfuerzo por humanizar  las penas, las cárceles siguen estando lejos de ser un lugar para humanos. La ciudadanía en general exige  penas más duras. La cárcel se ha convertido en la regla y no en la excepción.

El privado de libertad, el infractor, el criminal, se convierte en el “enemigo social”. El “ajeno”, el “desviado”. Como ciudadanos nos sentidos en el derecho de exigir cero tolerancia al delito, porque nos sentimos exentos de la cárcel. Las cárceles son para los “otros”.
Pero, ¿Qué nos separa de una cárcel? Se nos olvida que el delito castiga errores. Todos podemos ser clientes del sistema punitivo. ¿Y si fuera yo él privado de libertad? ¿Y si fuera mi hermano? La diferencia entre la libertad y la cárcel la hace un acto imprevisto, como salir a la calle y en una mala maniobra atropellar mortalmente a alguien.

A los privados de libertad se les condena a sufrir. Son presos de sus errores, enemigos de la sociedad que deben ser minimizados. Nunca serán ciudadanos ni portadores de derechos mientras la sociedad no los reconozca como tales.

Como costarricenses aclamamos orgullosos vivir en un país sin tortura. ¿No es tortura que una persona duerma en el suelo, debajo del camarote de otro? ¿No es una violación a los Derechos Humanos no contar con mecanismos reales de resocialización?

En la práctica, la cárcel no sólo restringe la libertad, priva de los Derechos Humanos de primera, segunda, tercera y las generaciones venideras. ¿Lo merecen? Quien responda afirmativamente olvida que la prohibición de la tortura incluye a los privados de libertad, y que estos nunca dejan de ser humanos.

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