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miércoles, 22 de mayo de 2013

Una mañana en el CAI San Rafael


A las 7 a.m dejamos la casa para una mañana cargada de ideas, optimismo y deseos de compartir: los días de taller en el CAI San Rafael comienzan temprano.  Los talleres se desarrollan los miércoles, pero desde días antes coordinamos los ingresos de cada una de las personas: los vehículos, cámaras, memorias USB, meriendas, materiales y todo lo que necesitaremos, por más insignificante que parezca.
Viajamos casi siempre en bus, sorteando el humor de los choferes y su cara al vernos subir cargados de bolsas. “¿Pasa por puesto diez?”, preguntamos al subir. “No, llego hasta la plaza”. Esto indica que tendremos que caminar unos ochocientos metros cargando las bolsas. No obstante, la hora apremia y no  podemos esperar treinta minutos más por otro bus. 
Los detalles de la sesión se afinan de camino: definimos pendientes, comentamos ideas. Cada minuto tiene que ser aprovechado: un emprendedor social no pierde la oportunidad para agregar valor a su idea. 
Al llegar a San Rafael de Alajuela nos distribuimos las bolsas y emprendemos la caminata. Minutos antes de las 9 a.m estamos en la entrada del CAI San Rafael: presentamos las cédulas y esperamos que nos dejen ingresar. 
Sigue la requisa. Nos revisan cada una las cosas que llevamos: entregamos nuestros celulares y preguntamos, por si acaso, si se la cámara fotográfica tiene permiso de ingresar. Según el oficial de ese día, parte de la merienda y los materiales no podrán ingresar. Según su criterio, puede servir como arma para una riña o puede esconder drogas. 
Ahora que somos visitas habituales el ingreso es más sencillo; hace un año podíamos tardar casi media hora en la requisa. “Ahí vienen los re” dicen los oficiales, en alusión a nuestro slogan. Nos saludan con una sonrisa y preguntan: “¿Cómo cargaron todo eso?”.
La requisa superada, caminamos al centro penal con la satisfacción de haber pasado la primera prueba. Aún falta otra: en la oficina de orientación consultamos si se nos asignó oficial de custodia. Esto es importante porque significa que tan puntuales iniciamos la sesión. Hoy todo está orden, y escuchamos el megáfono llamar uno a uno a “nuestro muchachos”. 
En la Sala Holanda (llamada así gracias a una donación de la embajada holandesa) organizamos el espacio según las necesidades del día; saludamos a quienes, según ellos mismos manifiestan, nos extrañaron toda la semana. Les preguntamos por su semana y les contamos de la nuestra, como quien trae un poquito de esa libertad que tanto añoran. Repartimos materiales y damos espacio a la acción. 
La sesión transcurre entre risas, dinámicas y muchísima ilusión. Ya no son unos inexpertos, ¡están empoderados! Tienen criterio, ayudan a su compañero, exigen información, preguntan. ¡Son emprendedores! El grupo es diverso: cada uno es único, representa una realidad distinta. 
Si alguno se ve cabizbajo es nuestra labor intervenir, asegurarnos de que, según nuestras capacidades, se encuentre lo mejor posible. Según cuenta las cosas en su casa no van bien. Le ofrecemos nuestro apoyo, posibles soluciones, le invitamos a pensar en el futuro. 
Al finalizar la sesión compartimos la merienda, aprovechamos para tertuliar. Hacemos de este tiempo un encuentro cercano: somos un grupo de amigos conversando, interesados por la vida del otro, conscientes de que el éxito depende del trabajo de todos. 
El oficial observa cauteloso. Ve su reloj. Considera que la tertulia se ha tardado demasiado. Nos despedimos de cada uno, cada quien a su estilo. Nosotros también estamos retrasados: en la tarde toca trabajar, ir a la universidad o terminar algún pendiente. 
Nos despedimos del CAI San Rafael con el corazón a reventar, felices de que al menos por una mañana, fueron menos privados de libertad y un poquito más protagonistas de su vida. 

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